Esa misma mañana la había oído vomitar, y se preguntaba si podía deberse a algo que hubiera comido.

– He ido al médico -respondió con tranquilidad.

Lo miró fijamente, pero él ya había apartado la mirada, como si hubiera olvidado su pregunta.

– ¿Cómo dices? Ah, bueno… vale. ¿Y qué te ha dicho? ¿Gripe? Deberías cuidarte, ya sabes que este tiempo es muy propicio. La madre de Parker lo pasó fatal la semana pasada.

– No creo que se trate de eso.

Sarah sonrió levemente mientras él volvía la atención al periódico. Tras un largo silencio, la miró de nuevo, sin recordar lo que estaban hablando.

– Vaya revuelo que se ha armado en Inglaterra con la abdicación de Eduardo VIII para poder casarse con esa tal Simpson. Debe de haber algo raro de por medio para que esa mujer le haya arrastrado a hacer una cosa así.

– Es muy triste -opinó Sarah, muy seria-. Ese hombre ha sufrido tanto… ¿Cómo puede una mujer destrozarle la vida de esa manera? ¿Qué clase de vida les espera?

– A lo mejor una muy picante -apuntó él, esbozando una sonrisa.

Se mostraba más simpático que nunca, para mayor desesperación de Sarah, que ya no sabía si lo amaba o lo odiaba. Su vida se había convertido en una pesadilla. Quizá Jane tenía razón, quizá todo se arreglase después de nacer la criatura.

– Voy a tener un niño.

Fue casi un susurro y, por un momento, pareció como si él no la hubiera oído. Entonces se giró hacia ella, se puso en pie y la miró como deseando que todo fuera una broma.

– ¿Hablas en serio?

Saltándosele las lágrimas, Sarah asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra. En cierto modo, habérselo dicho era un consuelo. Lo sabía desde antes de Navidad, pero no había tenido el valor de contárselo. Necesitaba todo su cariño, un momento de tranquilidad y felicidad entre los dos, algo que no sucedía desde su luna de miel en el cabo Cod, y de eso hacía ya siete meses.



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