Bajó la mirada a sus manos, a los anillos de esmeraldas, enormes y perfectamente talladas, que casi siempre llevaba puestos, y se sorprendió al ver las manos de una anciana. Gracias a Dios aún eran bonitas, gráciles y útiles, pero eran las manos de una mujer de setenta y cinco años. Había vivido mucho y bien; demasiado, pensaba a veces; demasiado tiempo sin William y, sin embargo, siempre surgían, más cosas que hacer, que ver, más cosas en las que pensar, planear y supervisar con sus hijos. Se sentía agradecida por los años transcurridos, y ni siquiera ahora tenía la sensación de que todo hubiera acabado. Siempre aparecía algún cambio imprevisto que afrontar, algún acontecimiento difícil de prever que exigía su atención. Era extraño pensar que todavía la necesitasen; menos de lo que creían, cierto, pero pese a esto acudían a ella con frecuencia, haciéndola sentirse importante para ellos, y todavía útil. Y, además, estaban sus hijos. Se emocionó al pensar en ellos y los buscó con la mirada, de pie ante la ventana, desde donde podía verlos llegar…, ver sus caras, sonrientes o disgustados al bajar del coche, y mirar expectantes hacia las ventanas. Era como si supieran con certeza que ella estaría eternamente allí, mirándolos. No importaba qué otra cosa tuviera que hacer; la tarde en que ellos llegaban indefectiblemente encontraba alguna tarea en su pequeño y elegante salón, mientras los esperaba. Incluso después de todos aquellos años, ya crecidos, se sentía conmovida por la ilusión de ver sus caras, y oír sus historias y problemas. Se preocupaba por ellos, los amaba como el primer día y, en cierta manera, cada uno de ellos representaba una parte del gran amor que había profesado a William. Fue un hombre ideal, mejor que una fantasía, que un sueño. Incluso después de la guerra era alguien con quien contar, un hombre que nunca olvidarían aquellos que lo hubieran conocido.

Sarah se apartó lentamente de la ventana y pasó junto a la chimenea de mármol blanco, ante la que solía sentarse las frías tardes de invierno, para meditar, tomar notas o escribir cartas a alguno de sus hijos. A menudo hablaba con ellos por teléfono: París, Londres, Roma, Munich o Madrid, y aún así, le encantaba escribirles.



2 из 498