
Se detuvo junto a una mesa cubierta por un antiguo brocado descolorido, de bonita y antigua hechura, que había comprado años atrás en Venecia. Acostumbraba acariciar lánguidamente las fotografías enmarcadas dispuestas sobre la mesa, levantándolas para verlas mejor y, al mirarlas, revivía aquel momento…, el día de su boda. William se reía de un comentario hecho por uno de los invitados, mientras ella lo miraba sonriendo con timidez. Reinaba tanta felicidad, tanta alegría, que por un momento pensó que el corazón le iba a estallar de gozo. Lucía un vestido de encaje satinado de color beige, con un elegante sombrero calado del mismo color, provisto de un pequeño velo, y en las manos sostenía un ramillete de orquídeas de color té. Se casaron en casa de los padres de ella, en una pequeña ceremonia, a la que asistieron los mejores amigos de la familia. Casi un centenar de invitados acudió para participar en una recepción sencilla pero muy elegante. Esta vez no hubo damas de honor, ni criados de librea, gran ceremonia o excesos de ningún tipo; sólo contó con su hermana para ayudarla, elegantemente ataviada con un traje sastre de color azul con iridiscencias y un estupendo sombrero, diseño exclusivo de Lily Daché. Su madre escogió un vestido corto de color verde esmeralda. Sarah sonrió al acordarse…, el vestido de su madre era exactamente del mismo color que sus dos extraordinarias esmeraldas. ¡Lo contenta que habría estado su madre con la vida de Sarah si hubiera vivido para verlo!
Guardaba también otras fotografías de los chicos cuando eran pequeños…, una espléndida de Julian con su primer perro, y otra de Phillip que parecía muy mayor, aunque apenas tenía ocho o nueve años, cuando estuvo por primera vez en Eton.
