
– Lo comprendo, Frederick. Por lo común todos lo son. Pero ¿ha habido algún malentendido entre mi hija y tú que yo deba saber?
– En absoluto. Ella es maravillosa. Yo…, lo único que necesito es un poco de tiempo para hacerme a la idea del matrimonio.
– Y a la de trabajar, espero.
Lo miró con fijeza. Freddie ya esperaba que sacara a relucir ese tema.
– Sí, sí…, claro. Pensaba ocuparme de eso una vez naciera el niño.
– Pues ahora es el momento, ¿no crees?
– Por supuesto, señor.
Edward Thompson permaneció impasible. Mientras contemplaba el semblante descompuesto de su yerno proyectaba una amedrantadora sensación de respeto.
– Supongo que te sentirás ansioso por visitar a Sarah mañana a primera hora.
– Desde luego, señor.
Lo acompañó hasta la puerta, deseoso de verlo marchar por fin.
– Telefonearé a su madre al hospital a las diez. A esa hora ya estarás allí, ¿verdad?
– Claro, señor.
– Muy bien. -Abrió la puerta y le lanzó la última mirada-. Creo que ya nos vamos entendiendo.
Eran palabras llenas de significado, y ambos lo sabían.
– Creo que sí, señor.
– Buenas noches, Frederick, hasta mañana.
Freddie dió un suspiro de alivio al cerrar la puerta. Antes de irse a la cama se preparó otro whisky, para pensar en Sarah y en el niño. Se preguntó cómo había podido suceder todo, pero prefirió no darle demasiadas vueltas al tema. No sabía casi nada sobre ese tipo de cosas, y no tenía la intención de averiguarlas ahora. Lo sentía por Sarah, porque estaba seguro de que para ella había debido de ser un golpe muy duro, pero resultaba extraño que sintiera tanta indiferencia, no sólo por el niño sino también por su mujer. Antes de la boda pensó que ella sería la esposa ideal, pues así tendría siempre a alguien con quien salir, que le acompañara a todas las fiestas.
