Nunca imaginó que llegaría a aburrirse tanto, a sentirse tan oprimido, tan encadenado. Su casa le producía claustrofobia. No le gustaba nada la vida conyugal, ni siquiera su mujer. Sarah era bonita, la clase de mujer capaz de hacer feliz a cualquier hombre. Sabía cómo cuidar la casa, cocinaba bien, daba gusto estar en su compañía, era inteligente, agradable y con un físico muy atractivo. Su matrimonio era lo que menos le interesaba en el mundo. Se sintió tan aliviado al conocer la pérdida del niño… Incluso se le había pasado por la cabeza la idea de desembarazarse de él.

A la mañana siguiente se presentó en el hospital, un poco antes de las diez, para que su suegro lo encontrara allí cuando llamara a su esposa. Freddie llevaba puesto un sombrío traje oscuro, aunque en verdad no se sentía nada afligido. Las flores que le trajo no parecieron animarla. Sarah seguía postrada en la cama, con la mirada perdida a través de la ventana. Cuando él entró en la habitación: Sarah tenía la mano de su madre cogida entre las suyas. Durante un instante, sintió pena por ella. Al girar la vista hacia Freddie, su mujer no pudo evitar algunas lágrimas; no dijo una sola palabra. Tras apretarle la mano, la señora Thompson se dirigió hacia la puerta en silencio y, al pasar junto a su yerno, le tocó el hombro como muestra de cortesía.

– Lo siento -le dijo Freddie.

Ella era una mujer mucho más inteligente de lo que él creía y, nada más mirarlo a los ojos, supo que aquellas palabras no eran ciertas.

– ¿Estás furioso conmigo? -le preguntó Sarah entre hipidos.

No realizó ningún esfuerzo por incorporarse, prefirió seguir echada. Su aspecto era lastimoso. Los cabellos, largos y brillantes, se extendían enmarañados sobre la almohada, los labios se le habían quedado casi azules y la cara mostraba una palidez preocupante. Había perdido mucha sangre, y no encontraba fuerzas para incorporarse. Todo lo que hizo fue apartar la mirada; Freddie no sabía qué decirle.



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