
– Por supuesto que no. ¿Por qué habría de estar furioso contigo?
Se acercó un poco más y la cogió con delicadeza de la barbilla para que lo mirara de nuevo, pero el dolor que reflejaban sus ojos era mucho mayor del que imaginaba. No había acudido a verla para tratar el problema, y ella lo sabía.
– Fue culpa mía. La otra noche arrastré aquel estúpido mueble de la habitación y…, no sé…, el médico dice que estas cosas forman parte del destino.
– Vamos… -Se fue al otro lado de la cama y cuando ella cerró los puños él intentó abrírselos, pero no alcanzó a tocarla-. Mira, de todas maneras es mejor así. Yo tengo veinticuatro años, tú veinte y no estamos preparados todavía para tener un hijo.
Sarah permaneció largo rato en silencio. Lo miró y tuvo la sensación de que no conocía a aquel hombre.
– Te alegras de que lo haya perdido, ¿no es eso?
Freddie padecía un dolor de cabeza tremendo. La mirada de Sarah era tan penetrante que casi le hizo daño.
– Yo no he dicho eso.
– No era necesario. No lo sientes, ¿verdad?
– Lo siento por ti.
Era cierto, su aspecto provocaba lástima.
– Tú nunca deseaste tener un hijo.
– No.
Por una vez fue sincero. Pensó que era lo menos que podía hacer.
– Bueno, ni yo tampoco gracias a ti, y puede que por eso lo haya perdido.
Freddie no supo qué decirle. Instantes más tarde apareció su padre con Jane, mientras su madre arreglaba algunos asuntos con las enfermeras. Sarah debía permanecer ingresada algunos días más, y después iría a casa de sus padres; cuando ya se sintiera fuerte, entonces volvería al apartamento con su esposo.
– Me alegro de verte aquí, Freddie -le dijo el padre de Sarah.
Victoria Thompson le obsequió con una sonrisa a Freddie, si bien no tenía la más mínima intención de permitir que Sarah regresara de nuevo al apartamento. Era preciso vigilarla, y parecía obvio que Freddie no era el más indicado para esa labor.
