La iban a plantar a bastante más profundidad. Por eso había tenido que matar a Beatrice Pymm. No derrocharía su tiempo haciendo lo que podían hacer otros agentes menos dotados: efectuar recuento de tropas, controlar ferrocarriles, evaluar daños producidos por bombardeos. Eso era fácil. A ella la reservarían para misiones mejores y más importantes. Iba a ser una bomba de relojería, cuyo tictac iba a sonar durante bastante tiempo en Inglaterra, en tanto aguardaba a que la activasen, en tanto esperaba el momento de estallar.

Apoyó una bota en las costillas de su víctima y le dio un empujón. El cadáver cayó dentro de la fosa. Cubrió el cuerpo de tierra. Recogió las prendas de ropa manchadas de sangre y las echó en la parte de atrás de la furgoneta. Tomó del asiento delantero un bolso de mano que contenía una cartera y un pasaporte holandés. En la cartera había diversos documentos de identificación, un permiso de conducir expedido en Amsterdam y la fotografía de una familia holandesa sonriente y regordeta.

Todo falsificado en Berlín por la Abwehr.

Arrojó el bolso entre los árboles que bordeaban el campo de cebada, a escasos metros de la tumba. Si todo salía de acuerdo con el plan, el cuerpo mutilado y en avanzado estado de descomposición se descubriría al cabo de unos cuantos meses, junto con el bolso de mano. Las autoridades policíacas creerían que la mujer muerta era Christa Kunt, una turista holandesa que había entrado en el país en octubre de 1938 y cuyas vacaciones tuvieron un fin desdichado y violento.

Antes de marcharse, la asesina lanzó una última mirada a la tumba. Sintió un ramalazo de pena por Beatrice Pymm. En la muerte, le habían robado el rostro y el nombre.

Y algo más: la asesina también había perdido su propia identidad. Durante seis meses había vivido en Holanda, porque el holandés era uno de sus idiomas. Se había fabricado cuidadosamente un pasado, votó en las elecciones locales de Amsterdam e incluso se permitió el lujo de tener un amante joven, un muchacho de diecinueve años con un enorme apetito y una no menos inmensa voluntad de aprender cosas nuevas. Ahora, Christa Kunt yacía en el fondo de una sepultura poco profunda, al borde de un campo de cebada inglés.



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