A la mañana siguiente, la asesina asumiría una nueva identidad. Pero esa noche no era nadie.

Repostó y condujo la furgoneta durante veinte minutos. La aldea de Alderton, lo mismo que Beatrice Pymm, había sido seleccionada meticulosamente: un lugar donde no se repararía de inmediato en una furgoneta que era pasto de las llamas en plena noche.

Bajó la motocicleta haciéndola rodar por un grueso y pesado tablón de madera, tarea bastante ardua incluso para un hombre fuerte. Bregó con la moto y cedió cuando estaba a un metro de la carretera. La motocicleta se estrelló contra el suelo con estrépito, el único fallo que la mujer cometió en toda la noche.

Levantó la moto y la hizo rodar, con el motor apagado, cuarenta y cinco metros, carretera adelante. En uno de los bidones aún quedaba algo de gasolina. La vació dentro de la furgoneta, si bien vertió la mayor parte del combustible sobre las ropas ensangrentadas de Beatrice Pymm.

Para cuando la furgoneta se había convertido en una bola de fuego, la mujer ya había puesto en marcha la moto. Contempló durante unos segundos la furgoneta incendiada, la claridad de color naranja que onduló sobre los áridos campos y la hilera de árboles que se erguían más allá

Luego encaró la motocicleta hacia el sur y se dirigió a Londres.

2

Oyster Bay (Nueva York), agosto de 1939


Dorothy Lauterbach consideraba su señorial mansión de piedra la más hermosa de la Costa Norte. Casi todos sus amigos se mostraban de acuerdo, porque Dorothy era rica y deseaban que los Lauterbach los invitasen a las dos fiestas que organizaban todos los veranos, un guateque bullanguero y cumplidamente alcohólico que tenía efecto en el mes de junio y una recepción algo más comedida que solía celebrarse a últimos de agosto, cuando la temporada estival languidecía rumbo a un punto final melancólico.



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