La parte posterior de la casa daba al Sound. Había una agradable playa de arena blanca transportada desde Massachusetts en camiones. Desde la playa hasta dicha parte posterior se extendían unos espacios de césped bien abonado, que de vez en cuando se interrumpían para servir de margen a los exquisitos jardines, la pista de arcilla roja y la piscina azul real.

Los sirvientes se habían levantado temprano para preparar a la familia su jornada de bien merecida inactividad y a tal efecto dispusieron el terreno de juego del croquet, así como la red de badminton que nunca iba a tocarse. También retiraron la funda de lona que cubría una lancha motora cuyas amarras jamás se desatarían del muelle, En cierta ocasión, un criado tuvo la audacia de comentarle a la señora Lauterbach lo absurdo de aquel rito cotidiano; la señora Lauterbach le replicó de forma brusca y nunca más volvió a cuestionarse aquella práctica. Aquellos juguetes se montaban todas y cada una de las mañanas sólo para estar a tono con la tristeza de una decoración de Navidad desplegada en el mes de mayo, hasta que volvían a desmontarse ceremoniosamente con la puesta de sol y se retiraban para permanecer guardados durante la noche.

La planta baja de la casa se extendía a lo largo del agua desde el solario hasta el salón, el comedor y, finalmente, la llamada sala Florida, aunque ningún otro miembro de la familia Lauterbach comprendía el motivo de la insistencia de Dorothy en denominarla así, sala Florida, cuando el sol estival de la Costa Norte no podía ser tan caluroso.

La casa se había comprado treinta años atrás, cuando los jóvenes Lauterbach daban por sentado que engendrarían un pequeño ejército de vástagos.



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