
Aquella mañana -la mañana siguiente a la última fiesta de los Lauterbach- las cortinas colgaban perpendiculares e inertes en las abiertas ventanas, a la espera de unos soplos de aire que nunca iban a presentarse. Relucía el sol y una neblina refulgente flotaba sobre la bahía. La atmósfera era densa y punzante.
En su habitación del primer piso, Margaret Lauterbach-Jordan se quitó el camisón y se sentó ante el tocador. Se cepilló el pelo con rapidez. Tenía un tono rubio ceniza, aclarado por el sol, y lo llevaba anticuadamente corto. Pero era cómodo y fácil de arreglar, aparte de que a la joven le gustaba el modo en que le enmarcaba el rostro y realzaba la grácil elegancia de su cuello.
Contempló su cuerpo reflejado en el espejo. Había conseguido por fin eliminar los recalcitrantes kilos que acumulara durante el embarazo de su primer hijo. Las alargadas estrías se habían desvanecido y el estómago tenía ya un espléndido tono bronceado. Los estómagos al aire estaban de moda aquel verano y a ella le encantó la sorpresa que en la Costa Norte manifestaron todos al ver la magnífica forma en que se encontraba. Sólo sus pechos eran distintos: más grandes, lo que a Margaret le parecía estupendo, ya que siempre se había sentido un tanto acomplejada a causa de su tamaño. El nuevo sostén que se llevaba aquel verano era más pequeño y rígido, diseñado para lograr el efecto de senos altos. A Margaret le gustaba porque a Peter le atraía el modo en que destacaba sus formas.
