
Se puso unos pantalones blancos de algodón, una blusa sin mangas, atada bajo los senos, y se calzó unas sandalias. Lanzó una última mirada a su imagen en el espejo. Era hermosa, lo sabía, pero no al modo audaz y llamativo que impulsa a la gente a volver la cabeza en las calles de Manhattan. La belleza de Margaret era intemporal y discreta, perfecta para el estrato social en el que la habían alumbrado.
Pensó: «¡Y pronto vas a convertirte otra vez en una foca rolliza!».
Se apartó del espejo y descorrió las cortinas. Una oleada de violentos rayos solares se derramaron por la alcoba. La explanada de césped era un caos. Estaban desmontando las tiendas, los empleados del servicio de comidas a domicilio embalaban mesas y sillas, levantaban y trasladaban panel a panel la pista de baile. La hierba, anteriormente verde y lozana, aparecía ahora aplastada y pisoteada. Margaret abrió las ventanas y aspiró el olor dulzarrón y empalagoso del champán derramado. Algo en todo aquello la deprimió. «Es posible que Hitler se esté preparando para conquistar Polonia, pero cuantos asistieron a la gala anual que organizan Bratton y Dorothy Lauterbach la noche del sábado de agosto disfrutaron de una velada deslumbrante…» Margaret casi podía escribir en aquel momento la correspondiente nota de sociedad.
Encendió la radio de encima de la mesita de noche y sintonizó la WNYC. Sonó en tono suave I’ll Never Smile Again. Peter se removió, todavía dormido. A la brillante luminosidad del sol su piel de porcelana apenas se distinguía del blanco de las sábanas de satén. Margaret había llegado a pensar en otro tiempo que todos los ingenieros eran hombres con el pelo cortado a cepillo, gafas de gruesos cristales y cantidades ingentes de lápices en los bolsillos. Peter no era así: pómulos acentuados, mandíbula de línea afilada, suaves ojos verdes y pelo casi negro, espeso. Al contemplarle tendido en la cama, desnudo de cintura para arriba, Margaret se dijo que parecía un Miguel Ángel caído. Destacaba en la Costa Norte, destacaba entre los muchachos de rubia cabellera que habían nacido para disfrutar de extraordinarias fortunas y cuyos planes de futuro consistían en vivirla vida desde una hamaca. Peter era agudo, ambicioso y dinámico. Podía desplazarse en círculo alrededor de la multitud. A Margaret le encantaba eso.
