
Miró el brumoso cielo y frunció el ceño. Peter detestaba que hiciese aquel tiempo en agosto. Iba a estar de mal humor todo el día, irritable y gruñón. Era muy probable que se desencadenara una tormenta que estropeara su viaje de vuelta a la ciudad.
Margaret pensó: «Tal vez debería esperar un poco antes de darle la noticia».
– Arriba, Peter, o te quedarás sin conocer el final del asunto -dijo Margaret, al tiempo que le aguijoneaba con la puntera de la sandalia.
– Cinco minutos más.
– No tenemos cinco minutos más, cariño.
Peter no se movió.
– Café -suplicó.
Las doncellas habían dejado café delante de la puerta del dormitorio. Era un costumbre que Dorothy Lauterbach aborrecía; a sus ojos, dejar el servicio en mitad del pasillo del primer piso le daba la sensación de encontrarse en el hotel Plaza. Pero se permitía si con ello se lograba que los niños acatasen la única regla que ella establecía los fines de semana: que a la temprana hora de las nueve de la mañana hubieran bajado ya a desayunar. Margaret llenó una taza de café y se la tendió a Peter.
Peter se dio media vuelta, se incorporó apoyado en un codo y tomó un sorbo. Luego se sentó en la cama y miró a Margaret.
– ¿Cómo te las arreglas para estar tan guapa dos minutos después de haber saltado de la cama?
Margaret se sintió aliviada.
– Desde luego, te has despertado de buen talante. Temía que tuvieras resaca y que te pasaras todo el día de un humor lo que se dice asqueroso.
– Tengo resaca. Benny Goodman está tocando dentro de mi cabeza y siento la lengua como si necesitara que la afeitasen a fondo. Pero no tengo la menor intención de comportarme… -Hizo una pausa-. ¿Cuál fue la palabra que empleaste?
