
– Asqueroso. -Margaret se sentó en el borde de la cama-. Hay una cosa que es preciso que tratemos y me parece que ahora es un momento tan bueno como cualquier otro.
– Hummm… Parece cosa seria, Margaret.
– Eso depende. -La muchacha lo mantuvo bajo su mirada picara y, al cabo de unos segundos, fingió estar irritada-. Antes, sin embargo, levántate y empieza a vestirte. ¿O no eres capaz de vestirte y escuchar al mismo tiempo?
– Soy una persona muy bien preparada y un ingeniero muy bien considerado. -Peter se obligó a bajar de la cama y el esfuerzo le arrancó un gruñido-. Es probable que pueda soportarlo.
– Se trata de una llamada telefónica que recibí ayer por la tarde.
– ¿Aquella de la que te mostraste tan evasiva?
– Sí, ésa. Era del doctor Shipman.
Peter interrumpió la operación de vestirse.
– Estoy embarazada otra vez. Vamos a tener otro hijo. -Margaret bajó la mirada y jugueteó con el nudo de la blusa-. Es algo que no había planeado. Ha sucedido y nada más. Mi cuerpo se recuperó del parto de Billy y…, bueno, la naturaleza siguió su curso. -Alzó la mirada hacia Peter-. Lo estuve sospechando durante algún tiempo, pero temía decírtelo.
– ¿Por qué diablos ibas a temer decírmelo?
Pero Peter conocía la respuesta a su pregunta. Le había dicho a Margaret que no deseaba tener más hijos hasta haber convertido en realidad el sueño de su vida: establecer su propia firma de ingeniería. A los treinta y tres años recién cumplidos se había hecho un nombre y tenía fama de ser uno de los ingenieros más importantes del país. Tras graduarse con el número uno de su promoción en el prestigioso Instituto Politécnico, empezó a trabajar para la Compañía de Puentes del Nordeste, la empresa constructora de puentes más importante de la Costa Este.
