
Cinco años después le nombraron ingeniero jefe, le hicieron socio de la firma y le asignaron un equipo de personal de cien colaboradores. La Sociedad Estadounidense de Ingeniería Civil le nombró ingeniero del año en 1938 por su obra innovadora, plasmada en el puente sobre el río Hudson en el norte del estado de Nueva York. La revista
Scientific American publicó un perfil de Peter en el que se le calificaba de «el cerebro más prometedor de su generación, en el terreno de la ingeniería». Pero Peter no se conformaba, quería más, deseaba tener su propia empresa. Bratton Lauterbach había prometido financiar la futura compañía de Peter, llegado el momento oportuno, posiblemente en el transcurso del año próximo. Pero la amenaza de una guerra había puesto sordina al asunto. Si los Estados Unidos se veían arrastrados a entrar en el conflicto bélico, todos los presupuestos destinados a obras públicas importantes quedarían en suspenso, desaparecerían de la noche a la mañana. La empresa de Peter se hundiría antes incluso de haber tenido oportunidad de despegar del suelo.
– ¿De cuánto estás? -preguntó.
– Casi de dos meses.
Una sonrisa estalló en el rostro de Peter.
– ¿No estás enfadado conmigo? -dijo Margaret.
– ¡Claro que no!
– ¿Qué hay de tu empresa y de todo lo que decías acerca de esperar a tener más críos?
Peter la besó.
– Eso no importa. Nada de eso importa.
– La ambición es algo maravilloso, pero la ambición desmedida no lo es. A veces tienes que relajarte y disfrutar un poco de las cosas, Peter. La vida no es un ensayo general.
Peter se irguió y terminó de vestirse.
– ¿Cuándo piensas decírselo a tu madre?
– En el momento que me parezca mejor. Acuérdate de su actitud cuando estuve embarazada de Billy. Casi me volvió loca. Tengo tiempo de sobra para decírselo.
Peter se sentó a su lado, en el borde de la cama.