
– Hagamos el amor antes de desayunar.
– No podemos, Peter. Mi madre nos matará si no bajamos en seguida.
Él la besó en el cuello.
– ¿Qué decías antes acerca de que la vida no es un ensayo general?
Margaret cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.
– Eso no es justo. Siempre le buscas las vueltas a lo que digo.
– No, de eso, nada…, te estoy besando.
– Sí…
– ¡Margaret!
Resonó escaleras arriba la voz de Dorothy Lauterbach.
– Ya vamos, madre.
– ¡Qué lástima! -murmuró Peter, y siguió a Margaret rumbo al desayuno.
Walker Hardegen se reunió con ellos a la hora del almuerzo junto a la piscina. Se sentaron a la sombra de un parasol: Bratton y Dorothy, Margaret y Peter, Jane y Hardegen. Una brisa húmeda soplaba a rachas desde el Sound. Hardegen era el lugarteniente principal de Bratton Lauterbach en el banco. Era un hombre alto, de amplio pecho y anchas espaldas, y casi todas las mujeres pensaban que se parecía a Tyrone Power. Universitario de Harvard, durante su último año marcó un ensayo en el partido contra Yale. Sus días de practicante del fútbol americano le dejaron una rodilla hecha polvo y una leve cojera que, en cierto modo, le hacía aún más atractivo. Tenía un moroso acento de Nueva Inglaterra y la sonrisa casi continuamente a flor de labios.
Al poco de ingresar en el banco pidió a Margaret que saliera con él y tuvieron varias citas. Hardegen deseaba que aquellas relaciones continuasen, pero Margaret no. Puso fin a ellas de un modo sosegado, aunque conservaron la amistad y siguió viendo a Walker con regularidad en diversas fiestas. Seis meses después, Margaret conoció a Peter y se enamoró. Hardegen se puso fuera de sí. Una noche, en el Copacabana, un poco bebido y un mucho celoso, acorraló a Margaret y le suplicó que volviera a salir con él. Al negarse ella, la cogió violentamente por el hombro y la sacudió. La gélida expresión que apareció en el rostro de Margaret le dejó bien claro que estaba dispuesta a acabar con la carrera profesional de Hardegen si éste no cesaba en su comportamiento infantil.
