El estridente sonido del teléfono hizo que su corazón latiera rápidamente contra su pecho. Su mano voló, con la sorprendente rapidez de una serpiente enroscada, y agarró ágilmente el aparato receptor.

– ¿Saber? -Fue una oración, maldita ella, una flagrante oración Inspiró profundamente, deseando poder atraerla a sus pulmones y retenerla allí.

– Hola, Jesse -le saludó jovialmente, como si fuera mediodía y él no hubiera estado subiendose por las paredes durante horas-. Me ha surgido un pequeño problema.

Ignoró el alivio que recorrió su cuerpo, el endurecimiento de sus músculos ante sonido sensual y sexy de su voz, y la erección instántanea que nunca le abandonaba cuando pensaba en ella… lo cual era todo el tiempo.

– Maldita sea, Saber, no te atrevas a decirme que aterrizaste en la cárcel otra vez -realmente iba a estrangularla. Un hombre sólo podía aguantar un poco.

Su suspiro fue exagerado.

– Honestamente, Jesse ¿tienes que traer a colación ese absurdo incidente cada vez que algo sale mal? De cualquier manera no intentaba que me arrestaran.

– Saber -dijo con exasperación-. Extender tus manos con las muñecas juntas es pedir que te arresten.

– Fue por una buena causa -protestó ella.

– Encadenándote a un hogar de ancianos para llamar la atención sobre las condiciones en que viven, no es exactamente la mejor manera de cambiar las cosas. ¿Dónde diablos estás?

– Suenas como un viejo oso gruñón con un diente lastimado -Saber golpeteó con impaciencia una uña larga en la pared de la cabina, era uno de sus hábitos nerviosos que nunca había podido dominar-. Estoy atrapada aquí cerca de los almacenes viejos, más o menos, um, sin un coche.

– ¡Maldita sea, Saber!

– Ya dijiste eso -señaló con prudencia.

– Quédate ahí -el frío acero se perfilaba en el profundo timbre de su voz -. No dejes esa cabina telefónica. ¿Me oyes, Saber? Es mejor que no te encuentre lanzando dados con un montón de vagos ahí abajo.



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