Habían sido sus ojos y su boca lo que la habían delatado. Ésta no era una niña envuelto en una delgada chaqueta vaquera varias tallas más grandes, sino una joven mujer exhausta, exótica y perturbadoramente bella. Esos ojos habían visto cosas que no deberían de haber visto, y él no consiguió alejar su atención de ellos.

Le llevó un momento cerrar la boca y retroceder al vestíbulo, invitándola a entrar. Su mano había rodeado completamente la de ella, todavía podía sentir la fuerza de su agarre. Bajo la engañosa y bella piel cremosa había músculos de acero. Ella se movía con fluida gracia, su estructura era tan regia que la comparó con la de una bailarina de ballet o una gimnasta. Cuando ella finalmente le ofreció una sonrisa tentativa, le dejó sin respiración.

Jess deslizó una mano por su pelo, maldiciéndose por haberla invitado a entrar. A partir de ese momento, había estado perdido, tuvo la certeza que siempre sería así. En los últimos meses ella le había lanzado un hechizo del que aún no quería salir. Nunca había reaccionado a una mujer de la forma que lo hacía ante ella. No podía dejar que se marchara, no importaba cuán ilógico era, así que en vez de eso le había abierto las puertas de su casa, ofreciéndole el trabajo como ama de llaves a cambio de un lugar donde vivir.

Por supuesto que la había investigado; no estaba completamente desquiciado. Se lo debía a sus compañeros Caminantes Fantasmas, a los miembros de su equipo militar de elite, saber con quien compartía su casa, pero no existía Saber Wynter. No era exactamente extraño, sospechaba que ella se escondía de alguien, pero aún así era muy raro que no pudiera averiguar ni la más mínima cosa de ella, especialmente cuando tenía sus huellas digitales.



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