Por primera vez en su vida, Saber se había tragado su orgullo y había aceptado una limosna. La verdad era, tanto como le repugnaba admitirlo, que nunca había tenido motivo para estar triste, ni una vez desde que se había mudado, excepto que sabía que no podía quedarse demasiado. Jess era la verdadera razón de que se quedara, no su casa, la piscina o su trabajo. Sólo Jesse.

Cerró los ojos brevemente y frotó su barbilla en las rodillas. Había ido demasiados lejos atándose al hombre. Hace seis mese no se le habría ocurrido llamarle para pedirle ayuda, ahora no se le ocurría no hacerlo. La revelación la intranquilizó. Había llegado el momento de marcharse, se estaba sintiendo demasiado cómoda también. Saber Wynter tenía que salir veloz y surgir de las cenizas con una identidad nueva, porque si se quedaba más tiempo, entonces estaba en un peligro terrible, y esta vez, no iba a ser culpa de nadie sino de ella.

La furgoneta retumbó en la cuneta en un tiempo récord. Jesse sacó su guapo rostro por la ventana. Sus ojos estaban oscurecidos con sombras mientras la miraba por encima, más bien ansiosamente. La sensación de esos ojos magníficos hacía que su estómago se volteara cuando no quería sentir nada excepto alivio.

Saber se levanto lenta y temblorosamente, y se quitó el polvo asentado en sus vaqueros, permitiéndose el tiempo para recuperarse.

– Saber -expresó con un gruñido, el frío acero se hizo mucho más evidente.

Ella se subió, inclinándose para darle un beso rápido en su mandíbula oscurecida.



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