
– Gracias, Jesse, ¿qué haría sin ti?
La furgoneta no se movió, así es que ella volvió levemente la cara hacia él y, bajo la mirada vigilante de él, se coloco el cinturón de seguridad alrededor.
– No vamos a averiguarlo -terciopelo sobre acero. Dijo las palabras con exasperación, sus brillantes ojos recorrieron su pequeña y esbelta figura posesivamente, asegurándose de que no estaba herida-. ¿Qué ocurrió esta vez, nena? ¿Alguien te convenció que estos pequeños almacenes son trampas mortales y resolviste cometer un pequeño incendio premeditado?
– Claro que no -negó, pero estudió los edificios con un ojo crítico mientras conducían por ahí-. Aunque ahora que lo mencionas, alguien probablemente debería investigar el problema.
Jess expresó con gemidos su molestia.
– ¿Así que es lo que sucedió, cara de ángel?
Ella se encogió de hombros con desdén ocasional.
– Mi cita se deshizo de mí después de una pequeña riña.
– Me lo imagino -dijo Jess, pero algo peligro y oscuro empezó arder a fuego lento dentro de las profundidades de sus ojos-. ¿Qué hiciste? ¿Sugerirle robar las sillas de alguien de su porche? ¿Un asalto en la Asociación de Jóvenes Cristianos? ¿Qué fue esta vez?
– ¿Se te ha ocurrido que justamente podría ser culpa de Larry? -exigió indignada.
– Seguro, durante dos segundos, aunque tengo la intención de encontrar a este amigo tuyo y golpearlo hasta que quede hecho una pulpa sanguinolenta.
– ¿Puedo observar?
Le sonrió Saber abiertamente, invitándole a que se riera del incidente con ella. Eso era lo que amaba tanto de Jesse, era tan protector y peligroso. Daba la impresión de ser un osito de peluche, pero debajo… debajo de todos esos músculos había algo mortal atrayéndola como un imán.
– No le veo la gracia, tú, pequeña mocosa, pudiste haber sido asaltada, o peor. ¿Ahora qué ocurrió?
– Soy capaz de cuidar de mí misma -le informó Saber arrogantemente-. Sabes que puedo.
