– Sé qué piensas que puedes. Eso no es realmente la misma cosa -se dio vuelta para sondearla, con los ojos de halcón sobre ella-. Ahora deja de evitar la pregunta y dime lo que sucedió.

Saber se quedó mirando ciegamente hacía fuera de la ventana. Casi se sintió resentida por lo que iba a decirle. No quería, pero por alguna razón siempre le decía cualquier cosa que él le preguntaba. Peor, nunca se sintió incómoda con él después. Definitivamente estaba sintiendose demasiado atraíada y esto quería decir que tenía que dejarle.

¿Dejarle? ¿De dónde había venido eso? Su estómago se encogió y su corazón hizo un pequeño y extraño salto que era muy alarmante.

– Deja de sacar tu pequeña barbilla obstinada, Saber, eso siempre quiere decir que estás a punto de ponerte obstinada. No sé por qué te molesta, ya que siempre me dices al final lo que quiero saber.

– Tal vez no sea asunto tuyo -lo dijo decisivamente, fingiendo que no se sentía culpable.

– Es asunto mío si tienes que llamarme a las dos y media de la mañana cuando uno de tus novios te deja tirada en la calle en los bajos fondos.

Instantáneamente el temperamento de Saber llameó con vida.

– Oye, lo siento si te molesté -dijo belicosamente, porque la forma en que él la hacía sentir la asustaba mortalmente-. Si quieres te paras, y saldré de tu preciosa furgoneta ahora mismo.

Él le dedicó una larga mirada fija, burlona, helada.

– Puedes hacer el intento, cariño, pero te puedo garantizar que no lo lograras -su voz suave, se convirtió en una caricia de terciopelo, rozando su piel y enviando una ondulante corriente de electricidad a través de su sangre-. Deja tu habitual obstinación y dime por qué se deshizo de ti.

– No me acosté con él -masculló ella en voz baja.

– Dímelo otra vez, cariño, esta vez mirándome -sugirió él nítidamente.

Saber suspiró.



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