
– No me acosté con él -repitió.
Hubo un silencio largo mientras él abrió la puerta de seguridad dando un puñetazo a un código en el control remoto y maniobró la furgoneta en la larga y sinuoso entrada hasta el gran garaje.
Jess, utilizando sus grandes y musculoso brazos, se alzó a sí mismo hasta su silla de ruedas. Una eléctrica, notó Saber.
– Ven, cariño -su voz era tan suave que ella se encontró conteniendo las lágrimas que ardían detrás-. Puedes ir montada sobre mi regazo.
Saber le dirigió una pequeña sonrisa, aunque su mirada se movió errática lejos de su mirada mientras se acurrucába contra su pecho, consolándose con su presencia. Él era tan duro como una roca. Su trasero se deslizó sobre la gran protuberancia de su regazo, enviando mil alas batiéndose contra las paredes de su estómago. Se sentaba sobre él todo el tiempo, y siempre estaba duro. Siempre erecto. Había momentos en que ella quería desesperadamente hacer algo al respecto, como ahora, pero no se atrevía a cambiar su disposición. Y no era como si fuera todo para ella. Deseaba que lo fuese, pero él nunca dio un paso hacía ella. Ni uno.
Jess podía sentir el estremecimiento de su delgado cuerpo. Su mano rozó el pulso que palpitaba frenéticamente en la base de su garganta. Durante un momento los brazos se cerraron protectoramente alrededor de ella, la barbilla descansando sobre la parte superior de su cabeza sedosa. Ella tenía que sentir al monstruo de su erección, pero nunca decía una palabra, simplemente deslizada su trasero sobre él y se instalaba como si encajase allí perfectamente. Si ella podía ignorar la maldita cosa, también lo podía hacer él.
– ¿Estás segura de que estás bien? -Preguntó quedamente.
Ella inclinó la cabeza, haciendo un pequeño sonido de afirmación, amortiguado contra el amplio espacio de su pecho.
La silla de ruedas estaba situada en su lugar, el ascensor acercándolos al suelo.
