
Porque si no se alejaba de él, podría ponerse en ridículo y ceder al deseo de deslizar besos como pluma arriba y abajo de su garganta y sobre su mandíbula y encontrar su oh tan perturbadora boca… Se levantó de un salto, su corazón latiendo fuertemente.
A regañadientes él le permitió escapar.
– Te conozco mejor que eso, bebe; irás arriba y me mantendrás despierto toda la noche con tu ridículo ritmo. Vete a ponerte tu bañador, podemos ir a nadar.
Su cara se iluminó.
– ¿Qué quieres decir?
– Vete -le ordenó.
Ella atravesó andando el piso de dura madera hasta la parte baja de las escaleras e hizo una pausa para mirarlo.
Con la tenue luz, podía apreciar su perfecto perfil, sus pechos empujando invitadoramente contra del fino material de su pálida blusa. Su cuerpo se apretó aún más, endureciéndose en un penoso y familiar dolor que no iba a desaparecer en un momento cercano.
Jess maldijo por lo bajo, sabiendo que pasaría otra noche interminable, al igual que otras tantas, deseando ardientemente sentir su suave piel y los ojos embrujadoramente azules. Nunca había reaccionado a una mujer de la forma que lo hacía con Saber. No la podía mantener apartada de su mente, y si ella estaba en algún lugar cerca, su cuerpo se sobrecargaba en cuestión de segundos.
Infiernos, ella incluso no tenía que estar junto a él. El sonido de su voz por la radio, su perfume que permanecía mucho tiempo en el aire, su risa, y que Dios le ayudase, sólo pensar en ella convertía su cuerpo en una dolencia peligrosa.
– Gracias, Jesse, sabía que no me decepcionarías. No sé lo que haría sin ti.
Él la observó caminar hasta las escaleras, pensando en sus palabras. Era la segunda vez que ella le había hecho esa declaración esta noche. Y había habido una nota nueva en su voz. ¿Sorpresa? ¿Estaba ella finalmente advirtiéndo que era más que un hombre en una silla de ruedas? Eso no era justo; la mitad del tiempo ella no parecía advertir la silla de ruedas, pero no veía al hombre tampoco.
