
La ansiaba, fantaseaba sobre ella, soñaba con ella. Tarde o temprano iba a tener que reclamarla. Diez meses era demasiado tiempo, lo suficiente como para saber que ella estaba envuelta intrincadamente alrededor de su corazón. Podía estar en una silla de ruedas, sus piernas inservibles debajo de las rodillas, pero todo lo de arriba estaba en orden y funcionando, demandando satisfacción, demandando a Saber Wynter.
Suspiró en voz alta. Ella no tenía ni idea de que había golpeado en la puerta del diablo y él la había invitado a entrar. No tenía intención de renunciar a ella.
Saber encendió cada una de las lámparas durante el camino del cuarto de estar hasta el dormitorio. Permaneció en la ventana, quedándose con la mirada fija mirando las estrellas. ¿Qué le ocurría? Jess la había alojado en contra de su mejor juicio, estaba segura. Se habían convertido en buenos amigos casi inmediatamente. Les gustaban las mismas películas, la misma música, hablaban durante horas de cualquier cosa. Se reía con Jess. Ella podía ser la real Saber Wynter con Jess. Escandalosa, triste, feliz, nunca pareció importarle lo que decía simplemente él la aceptaba.
Últimamente había estado tan inquieta, tumbada en la cama pensando en él, en su sonrisa, en el sonido de su risa, la anchura de sus hombros. Era un hombre bien parecido, atlético, con silla de ruedas o no. Y vivir con tal proximidad, tan cerca de él a menudo la hacía olvidarse de la silla de ruedas. Él era completamente autosuficiente, cocinaba, se vestía, conducía por todo el pueblo. Jugaba a los bolos, al ping-pong, y todos los días sin falta, levantaba pesas y nadaba. Ella había visto su cuerpo. Era el de un atleta de primera. Los músculos del brazo estaban tan desarrollados que apenas podía tocar con las puntas de los dedos sus hombros; sus bíceps estaban en continuo traqueteo. Jess le había dicho que los nervios debajo de sus rodillas habían sido dañados gravemente, y eran irreparables.
