
Él desaparecía durante horas en su oficina, la única habitación en la que ella nunca entraba, y la mantenía cerrada con llave. Ella había vislumbrado el equipo del ordenador de alta calidad, y sabía que a él le gustaban esos artefactos, que había estado en la Marina, en los SEAL, fuerzas especiales de elites, y todavía seguía recibiendo llamadas incontables de sus amigos, pero mantenía a distancia esa parte de su vida de ella y estaba bien así.
¿Pensaba en mujeres? Ellas ciertamente pensaban en él. Había visto a docenas de mujeres coqueteando con él. ¿Y por qué no? Bien parecido, rico, talentoso, el hombre más dulce de Wyoming, Jess era un gran trofeo para cualquiera. Poseía la emisora de radio local donde ella trabajaba, y él hacía otras cosas también, cosas sobre las que no le informaba, pero que poco le importaban. Sólo quería estar cerca de él.
Su puño se cerró sobre la cortina de encaje, apretujando el material en su puño. ¿Por qué tenía que tener esos tontos pensamientos sobre un hombre que nunca podría tener? No merecía estar con un hombre como Jess Calhoun. Él nunca se quejaba, nunca le hablaba con desdén. Era arrogante, acostumbrado a ser obedecido, no preguntaba, pero siempre la hacía sentir especial. Era excepcional, extraordinario, y ella iba… ella iba a tener que marcharse pronto.
Con desgana, dejó que su mirada se extraviara a la carretera. Durante un momento su corazón se detuvo. Un coche estaba estacionado entre los árboles justos más allá de las puertas de seguridad. Un pequeño círculo rojo resplandecía brillantemente como si el ocupante inhalase un cigarrillo. Todo en ella se congeló, se quedo completamente quieta, su respiración atrapada eb la garganta. Su corazón comenzó a latir rápidamente y sus dedos retorcieron el material de las cortinas hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
