No había sido atrapado aún. Maldito Whitney por su interferencia. El médico había amenazado con mandar a otra persona de nuevo. Al estúpido hombre no le gustaban sus informes. Bien, que se pudra. El médico pensaba que era tan superior, inteligente y estaba preocupado -preocupado- por el deterioro de la situación. Qué sarta de estupideces. No había tal situación, nada empeoraba. Él podría encargarse de la vigilancia de un Caminante Fantasma cualquier día de la semana.

Whitney pensaba que sus preciosos Caminantes Fantasmas eran súper soldados que tenían que ser reverenciados. Pues que se joda. Los Caminantes Fantasmas eran mutaciones genéticas, aberraciones, abominaciones, no los jodidos milagros que Whitney pretendía crear. Todos ellos deberían ser eliminados de la faz de la tierra, y él era el hombre indicado para hacerlo. Eran experimentos del gobierno que deberían haber sido desechados antes de que los dejaran sueltos en el mundo.

Él se vio así mismo como el guardián, un hombre solitario que camina entre los mutantes y los humanos. Él debería ser reverenciado. Whitney debería someterse a él, besar sus pies, darle las gracias por sus informes y su atención a los detalles…

– Nunca me dijiste tu nombre, ¿cómo te llamo?

La voz lo sacó bruscamente de su ensoñación. Quiso abofetear a la pequeña puta. Golpear su cara hasta que no hubiera nada más que un charco de sangre. Tomar la cabeza entre sus manos y oír el agradable crujido que la silenciara, pero eso lo dejaría para más tarde. Si mantenía la boca cerrada, él podría fantasear que ella era la Sirena Nocturna.

La Sirena Nocturna le pertenecía y la tendría dentro de poco. Sólo tenía que deshacerse de los Caminantes Fantasmas de una vez por todas. Y entonces ella haría todo lo que él le dijera.

– Puedes llamarme Papi.

La puta tuvo la audacia de poner los ojos en blanco, pero él resistió el impulso de castigarla. Tenía otros planes para ella.



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