Cuando ella se permitió olvidar que él estaba cerca, nadó rápida como un corredor, pero cuando él le había preguntado si había competido alguna vez, ella lo había fulminado con un mirada de desdén y un segundo después se había reído y había dicho que por supuesto. El supo que le estaba mintiendo.

Debía de haber utilizado eso, lo agregó a las cosas que sabía acerca de ella y continuó buscando su verdadera identidad. Tenía un permiso de conducir válido, pero sus huellas no encajaban con las huellas del sistema. Ni se parecían. Se enjuagó la cara con la toalla y continuó mirando su perfecta forma. Hipnotizada ver la manera en que se disparaba bajo el agua y giraba, deslizándose hasta la mitad de la distancia al otro lado antes de surgir de nuevo. Ni un solo sonido delataba su presencia, ni siquiera cuando emergía, y eso era lo que más le fascinaba. Él vivía prácticamente en el agua y ¿cómo podía ser ella tan silenciosa?

Saber. Jugó con su nombre en la mente. ¿Una espada para la justicia? Había tomado de ahí el nombre, obviamente. ¿Y dónde encajaba Wynter en eso? Las cosas apenas tenían sentido con su compañera de apartamento, pero no podía traer a su equipo para ponerse en ello. Suspiró y miró la superficie otra vez, mirando primero el brillo de las hojas en los mosaicos y luego al techo.

Ella parecía tan exótica, tan inocente. Era delgada, pero había músculo bajo esa suave piel. Giró la cabeza y le encontró mirándola, y sonrió. Dios. Le golpeó como un puñetazo en la barriga. Su cuerpo se calentó inmediatamente, la sangre se acumuló en su ingle, hasta que pensó que estallaría de necesidad. La cautela estaba inculcada en ella, esos ojos azul-violeta, tan excepcionales, tan capaces de obsesionar, estaban siempre inquietos, buscando un enemigo.

Sabía que parte de la razón por la que ella se relajase con él era porque estaba en una silla de ruedas y no lo percibía como una amenaza. No era que no viera o reconociera, al depredador en él, simplemente no creía que existiese una amenaza oculta.



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