– ¿Vas a nadar toda la noche?

– Lo estoy pensando -le concedió-. Es esto o el jacuzzi.

– Me siento obligado a indicarte que el jacuzzi es mucho más caliente y que te estás poniendo azul. El color te sienta bien, va con tus ojos.

Ella se rió de la manera en que sabía que hacía. Adoraba poder hacerla reir, reir verdaderamente. Genuina y feliz. Había tomado meses de paciencia, pero finalmente le había dejado entrar, apenas un poquito. Confiaba en él. Pero quizás no debería. Ella tenía una falsa impresión de quien o qué era él, pero no iba a espantarla mostrándole al verdadero Jess Calhoun. Ella podía creer esta vida, la estación de radio, al escritor de canciones. El hombre que la trató suavemente.

Saber subió las escaleras tiritando, y se apresuró en dirección al jacuzzi, tomando asiento frente a él.

– No me di cuenta que hacía tanto frío.

Eso era otro detalle que había advertido acerca de Saber, ignoraba su nivel de comodidad, de dolor, como si pudiese bloquear la sensación por largos espacios de tiempo.

– ¿Dónde puedo encontrar a Larry? -Porque iba tener unas pocas palabras con ese hombre-. ¿Cuál es su apellido y dónde trabaja?

Ella hizo una mueca.

– Es barman y créeme, Jess, él no es el problema, así que olvídalo. Fue mi propia estupidez de todos modos -inclinó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos-. No sé porque hago la mitad de las cosas que hago. Salir con Larry fue una mala idea y mi culpa enteramente.

– ¿Por qué saliste con él?

Ella parecía relajarse, algo que rara vez hacía Saber. Estaba en constante movimiento, como un colibrí. Sus manos siempre estaban inquietas. Saltaría o bailaría por un cuarto antes que andar. A veces saltaba por encima de los muebles, incluso una vez saltó por encima del sofá, y era más largo y ancho que la mayoría. Era un enigma que no podía resolver.



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