– Eres tan mandón. ¿Cómo es que alguien te soporta?

– No lo sé muy bien, porque he vivido solo hasta que viniste. Aunque mis padres me evitan -le dirigió una sonrisa de respuesta, y utilizando las barras salió del jacuzzi a la plataforma que usaba para secarse.

Por un momento ella sólo pudo mirarle fijamente con admiración ante el poder en sus brazos mientras levantaba su cuerpo. Dandose cuenta de que estaba mirándolo ávidamente otra vez, saltó apresuradamente fuera, alejándose de él.

– ¿Qué pasa con la camiseta, cara de ángel -Jess se frotó el pelo con la toalla despreocupadamente.

– Siempre llevo camiseta cuando nado. -Saber tiritó cuando el aire frío golpeó su cuerpo mojado. Se esforzó para que sonase normal. Despreocupada. Animada. Ppodía ser despreocupada, lo había perfeccionado-. Sabes que lo hago, no es nada nuevo.

– Lo sé pero no puedes ponerte quemarte con el sol dentro -le indicó, alcanzando la gruesa bata de felpa-. Te lo he explicado antes pero parece que no tomas muchas notas -él se detuvo en el acto de ponerse la bata-. ¿Dónde están tus pantalones?

– Los olvidé -Saber se estaba secando tan rápidamente como le era posible.

– Ven aquí -Jess le ordenó suavemente con exasperación.

– Estoy bien -le aseguró, parecía ansiosa.

– Es más fácil que tu vengas hasta aquí que yo vaya hasta ahí, pero si insistes. -Jess cambió su peso, estirándose atrás a por su silla.

– Bien ya está -Saber estuvo a su lado en un instante-. ¿Siempre lo tienes que conseguir todo a tu modo?

Él sonrió con tono burlón y sin preámbulo agarró su camisa y tiró de ella sacándosela por la cabeza. Saber se congeló en el lugar, el corazón tronaba en sus orejas, pero enseguida Jess la envolvió con una cálida bata.

– Ya sabes la respuesta a eso, nena. Con la comodidad de la práctica y la ayuda de las barras estratégicamente colocadas, Jess se izó a la silla.



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