Él se estiró, capturó su mano y atrajo sus dedos hacia el perturbador calor de su boca.

– Me amas, cariño -su pulgar le acarició los nudillos, enviando dardos de pequeñas llamas que recorrían sus terminaciones nerviosas-. Adoras discutir.

Ella dio un tirón alejando la mano como si se hubiese quemado. Quizás realmente se había quemado, pero nunca lo admitiría.

– Un día de estos alguien te bajará esos humos.

El se encogió de hombros, unos hombros poderosos, su sonrisa burlona.

– No serás tú, cara de ángel.

– No cuentes con ello, rey dragón. Mientras sucede, mi semana para cocinar se acerca rápidamente. Sé por lo menos siete recetas para el tofu. Compórtate o comerás soja.

Jess se echó a reír, y el sonido fue tan contagioso que ella se unió a él.

– Mocosa pequeña y vengativa, ¿eso es lo que eres?

– Ya lo sabes -Saber no se molestó en negar la acusación. -Voya arriba.

– ¿Eso es una invitación?

– Deja de mirarme con lascivia, aunque puedo darme cuenta que eres muy experimentado en ese aspecto -replicó ella-. Buenas noches.

La dejó que subiese los primeros peldaños de las escaleras.

– No me tengas toda la noche con esa basura melancólica que llamas música.

– ¡Basura melancólica! -Saber sonó ultrajada. Subió el último tramo de escaleras corriendo, la suave risa era amortiguada por sus pisadas.

A él no le gustaba su música country, ¿verdad? Revolvió toda su colección de CD’s.

– Justo esto -murmuró feliz, por encima de los ruidosos acordes de la peor y más desagradable canción rap de su colección. Jess apreciaría la buena música country después de una hora de escuchar ese rap realmente ruidoso. Se tomó su tiempo en la ducha, lavando su pelo con champú, permitiendo deslizarse al agua caliente por su frío y tembloroso cuerpo. Hasta cantó, fuerte y alto, complacida consigo misma.



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