
Para cuando Saber se secó el cuerpo con la toalla y se estaba secándo la cabeza, Jess estaba lanzando cosas al techo.
Con los labios torcidos en una malvada sonrisa, apagó la música rap.
– ¿Quieres algo Jess? -le preguntó con su voz más dulce.
– Me rindo. Bandera blanca -su contestación sonó sardónica.
– No pensé que podrías -dijo Saber con aire de suficiencia.
Jess sacudió la cabeza cuando la música cesó. Ella tenía una vena malvada. Sabía que él escribía a menudo canciones y que el sonido de lo que fuera que estaba resonando le sería insoportable después de unos minutos. Eso le hizo reír, mientras empujaba la silla de ruedas hasta su oficina privada. Tecleó el código secreto y esperó a que las puertas se abriesen.
Una vez dentro con las puertas cerradas a su espalda y el sistema de seguridad encendido, la risa se esfumó de su cara. Tendría que seguir cavando más profundamente y averiguar quién era realmente Saber Wynter. No podía permitir que sus sentimientos por ella se interpusiesen en su camino. Y que Dios les ayudase a ambos si ella se decidiese por dañarle, pues él no estaba muy seguro de poder matarla. Con un suspiro alejó esos pensamientos de su cabeza y se dispuso a trabajar.
Los ordenadores y las líneas de teléfono estaban abiertas. Abrió el disco de velocidad.
– Está todo claro. Envía la información y acabemos con esto. Cuando entres no hagas ningún ruido en absoluto. Ella no estará dormida.
– Conozco el procedimiento.
El chasquido abrupto le indicó a Jess que estaba en problemas. Logan Maxwell no estaba feliz con él. No lo había estado cuando Jess le informó de la intención de invitar a Saber Wynter a irse a vivir con él. No se había creído la historia ni por un momento de que necesitaba una ama de casa, y menos una como Saber. Pero ninguno se había quejado. Ese era el poder de las sillas de ruedas. Logan le habría gritado si no hubiese estado mirándole, encarando la silla. Pero si Logan sabía que Saber era telépatica, le pondría un arma en la cabeza, y al diablo con las objeciones de Jess.
