
Pero estaba demostrando ser difícil, y maldita sea, ¿qué tenía ella para jactarse? Era flaca, parecía una niña abandonada, nada por lo que ser arrogante y mojigata. De hecho, debería de estar agradecida por su atención. Por lo que a él se refería, ella no hacía nada más que provocarlo.
Ella se encogió de hombros en un gesto curiosamente femenino.
– ¿Así es que piensas, por qué has gastado ese dinero en tres citas te da derecho a acostarte conmigo?
– Así es maldita sea, cariño -chasqueó él-. Tienes una deuda conmigo -odiaba esa apariencia distante, cínica, que le dedicó. Ella necesitaba que un verdadero hombre la pusiera en su lugar y él era simplemente el hombre para hacerlo.
Saber forzó una sonrisa.
– Y si yo no… ¿cómo expresarte tan delicadamente esto?, si yo no ‘correspondo’, ¿tienes la intención de dejarme aquí mismo, en mitad de la calle a las dos de la mañana?
Esperó a que él hiciese un movimiento o forzara la cuestión, porque iba a obtener una lección de modales que no iba a olvidar nunca. No tenía nada que perder. Bueno, casi nada. Se había quedado demasiado tiempo esta vez, había hecho demasiado en su vida, y si ella ensuciaba el piso con el bueno y viejo Larry el “Piojo”, antes de que ella desapareciese, estaría haciéndoles a las mujeres de Sheridan un favor.
– Así es, amorcito -le sonrió burlona y complacientemente-. Creo que estarás de acuerdo en que necesitas ser un poco razonable sobre esto, ¿no? -Deslizó su mano a lo largo de la parte de atrás de su asiento, señalando con el dedo sin tocarla completamente. Lo deseaba. Normalmente a estas alturas, él estaría haciendo un montón de manoseo, amaba mirar cómo se retorcía la mujer. Y el poder que obtenía de ello. No entendía porque no la obligaba a besarlo, tirando bruscamente y abriendo su blusa y tomando lo que él quería, pero por mucho que deseaba hacer eso, había algo dentro de él que le advertía que fuera más lento, que fuera un poco más cuidadoso con Saber.
