
Esperar cuarenta y cinco minutos por un taxi. La bravuconería no la haría aguantar tanto. No iba a esperar cuarenta y cinco minutos en la oscuridad rodeada por ratas. De ninguna manera. Qué incompetente el servicio de taxi por no haber planificado mejor sus recursos.
En un arranque de furia golpeó el teléfono, dedicando un pensamiento fugaz hacia la oreja del operador. Saber pateó un lado de la cabina y casi se fracturó los dedos del pie. Aullando, brincando por todos lados como una idiota, prometió solemnemente venganza eterna contra Larry.
Debería haber permanecido en el coche y haberle encarado, en lugar de dejarle marchar. Era un gusano rastrero que se arrastraba por la tierra, pero no era un monstruo. Conocía a los monstruos íntimamente. La acosaban a cada paso, y pronto, demasiado pronto, si no se iba la encontrarían otra vez. Un pedazo de mierda como Larry era un príncipe en contraste. Larry ciertamente no había reconocido al monstruo en ella. Si la hubiese tocado… entonces. Alejó a la fuerza el pensamiento y se obligó a pensar con normalidad. Debería haberlo derribado de un golpe, sin embargo, una sola vez, por todas las otras mujeres a quienes había metido en la misma situación porque a le gustaba el poder. Estaba medianamente convencida que la mayoría de las mujeres habrían deseado al menos darle unos cuantos puñetazos al bastardo.
Saber suspiró suavemente y sacudió la cabeza. Su situación era inevitable. No iría a casa pero tampoco podía quedarse donde estaba. Iba a pagar severamente por esto, ¿pero qué era un discurso más, después de tantos? Respiró profundamente, luchando por controlarse. Perforó los números, la punta del dedo la usaba inconscientemente en un movimiento de apuñalamiento más bien cruel contra el teléfono libre de culpa.
Jess Calhoun estaba tumbado desgarbadamente en toda su longitud, en el futón de cuero creado especialmente, con la mirada fija en el oscuro techo.
