
Jack lo haría en un latido del corazón. Ken tocó su mandíbula llena de cicatrices. Había poca sensación en cualquier parte de su piel, y poco dejó de lo que una vez fue su hermosa cara o cuerpo. Un temblor recorrió su cuerpo, y por un momento, la rabia explotó, caliente, pura y sin estar cubierta por el hielo que usualmente llevaba. Vaciló, sabiendo que podría asentir con la cabeza y Jack apretaría el gatillo. O, todavía mejor, podría hacerlo por si mismo y tendría la satisfacción de saber que había eliminado a un traidor. Inhaló profundamente y respiró lejos toda emoción. Este camino llevaba a la locura, y se negaba a seguir con la herencia con la que había nacido.
Sintió el alivio de Jack y comprendió como de cerca le había estado vigilando su hermano últimamente.
Estoy bien. Por supuesto Jack sabía que sudaba profusamente y escuchaba gritos. Jack y Ken vivían en la mente del otro. Jack lo sabía. Y el conocimiento de que no había sido capaz de sacar a Ken antes de que Ekabela le torturase lo corroía. Eso no importaba, al final Jack le había sacado y había sido hecho prisionero. Jack creía que tenía que haberlo impedido. Estoy bien. Repitió Ken.
Lo sé.
Pero no estaba bien. No había nacido bien, no había estado bien de niño, o en su temprana carrera militar. Estaba peor desde su captura y tortura en el Congo, los demonios lo montaban duro, día y noche. Y ahora, con el senador necesitando protección, probablemente del mismo hombre que le había estado pagando por años, Ken sabía que la peligrosa sombra dentro de él se había convertido en una amenaza demasiado real para su salud.
Tenemos compañía, anunció Kadan telepáticamente. Estad alerta. Empujaré al senador a una habitación segura.
Kadan. Vigila a la esposa, advirtió Ken. Creemos que puede ser una de las nuestras. Está armada hasta los dientes y sintió la presencia de intrusos en el momento en que nosotros lo hicimos.
