Aquella noche, pasearon por la arena hasta que el muelle y la playa quedaron muy atrás. Entonces, se quedaron de pie frente al océano y observaron la luna llena sobre las olas.

Cuando Jesse la besó. Bella se dejó capturar por la magia del momento y por la delirante sensación de sentirse deseada. Hicieron el amor sobre la arena, con la brisa del mar refrescándoles la piel y el pulso del océano como música de fondo.

Bella creyó alcanzar las estrellas, pero al día siguiente, él se marchó, bajo la dura luz del día. Había querido hablar con él sobre lo ocurrido, pero Jesse se limitó a decirle que se alegraba de verla y pasó a su lado sin decir nada más. Bella se quedó tan sorprendida que no pudo ni gritarle.

Volvió a mirarlo fijamente en el interior de su tienda. Sin poder evitarlo, recordó cada minuto de la noche que pasaron juntos y la humillación que había sentido al día siguiente. Pero ni siquiera eso borró los maravillosos recuerdos que tenía de haber estado entre sus brazos.

No le gustaba saber que una noche con Jesse le había cerrado la puerta con otros hombres, pero mucho menos le agradaba que él siguiera sin recordarla. Pero, ¿por qué iba a hacerlo?

No volvería a caer en el mismo error. Todo el mundo cometía equivocaciones, pero sólo los idiotas tropezaban sobre la misma piedra una y otra vez. Respiró profundamente y dijo:

– Mire, no hay razón para seguir discutiendo. Usted ya ha ganado y yo tengo un negocio del que ocuparme. Por lo tanto, si no ha venido aquí para decirme que se va a deshacer de mí, tengo que volver a mí trabajo.

– ¿Deshacerme de ti? ¿Y por qué iba a hacer eso?

– Es el dueño del edificio y yo he intentado librarme de usted desde hace unos meses.

– Sí-dijo él-, pero como ya has señalado, yo he ganado esa batalla. ¿De qué me serviría echarte?

– Entonces, ¿por qué está aquí?

– Para informarte de la próxima reforma de esta tienda.



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