
– Aquí tienes cosas muy bonitas -comentó él, mirando la vitrina que ella había estado colocando-. Tienes buen ojo para el color. Creo que tú y yo nos parecemos mucho. Mi empresa manufactura trajes de baño. La tuya también.
Bella se echó a reír.
– ¿Qué te resulta tan divertido? -preguntó él frunciendo el ceño.
– Oh, nada -respondió mientras apoyaba las manos sobre el cristal de la vitrina-. Simplemente, mis trajes de baño están manufacturados por mujeres locales a partir de tejidos orgánicos y los suyos los cosen niños encorvados sobre sucias mesas de talleres clandestinos.
– Yo no tengo talleres clandestinos -le espetó él.
– ¿Está seguro?
– Sí, claro que lo estoy. Y no he venido a esta ciudad para saquear y quemar.
– Ha cambiado el aspecto del centro de esta ciudad en menos de un año.
– Y las ventas al por menor han subido un veintidós por ciento. Sí, claro, deberían fusilarme.
Bella estaba a punto de explotar
– En esta vida hay algo más que los beneficios.
– Sí. Está el surf. Y el sexo de calidad -replicó él con una sonrisa.
Bella jamás dejaría que supiera lo mucho que la afectaban aquella sonrisa y los encantadores hoyuelos, como tampoco la mención al sexo. A Jesse King no le costaba encontrar mujeres. Había aprendido la lección tres años atrás, cuando ella se convirtió en una de sus admiradoras.
La World Surf se había celebrado en la ciudad y Morgan Beach llevaba una semana de celebraciones. Una noche, Bella estaba en el muelle cuando Jesse King se le acercó. En aquella ocasión, también le había sonreído. Y había flirteado con ella. La besó a la luz de la luna y la llevó al pequeño bar que había al final del muelle. Allí, ambos tomaron demasiadas Margaritas.
Admitía que se había sentido halagada por las atenciones que le dedicó. Era guapo. Famoso. Además, le había parecido que, bajo tanta sofisticación, había un buen chico.
