
– Claro. Como esa camisa que llevas puesta -afirmó él, señalando la camisa de muselina amarilla que ella llevaba con su mejor falda negra-. ¿Es tuya? ¿La has cosido tú?
– No…
– ¿Las casas y las camisas son diferentes?
– Bueno, sí…
– De acuerdo. Bien -dijo Kevin con un suspiro-. Quieres comprar la casa y si enfureces lo suficiente a King, él finiquitará tu alquiler y así no tendrás casa alguna. ¿Por qué sigues fastidiándole?
Bella pinchó la lasaña con el tenedor Luego lo soltó y lo dejó en el plato. Entonces, se cruzó de brazos y miró a Kevin a los ojos.
– Porque ni siquiera se acuerda de mí. Es humillante.
Bella se lo había confesado todo a su amigo una noche, durante un maratón de películas. Kevin le había dicho inmediatamente que le debería haber recordado a Jesse quién era.
Kevin se encogió de hombros y siguió comiendo.
– Díselo.
– ¿Decírselo? -le preguntó Bella con incredulidad-. ¿Sabes una cosa? Tal vez me habría ido mejor teniendo por amiga a una chiva. No tendría que explicarle a otra mujer por qué el hecho de decirle a Jesse que nos hemos acostado juntos es una mala idea.
Kevin sonrió.
– Sí, pero una chica no vendría a tu casa a las diez de la noche para desatascarte la ducha.
– En eso tienes razón, pero en lo que se refiere a Jesse, no comprendes nada.
– Las mujeres siempre hacen que todo sea más complicado de lo que es en realidad -musitó sacudiendo la cabeza-. Esta es la razón por la que existe la batalla de sexos, ¿sabes? Porque vosotras siempre estáis en el campo de batalla listas para la guerra mientras los hombres nos mantenemos al margen preguntándonos por qué estáis enfadadas.
Bella se echó a reír ante aquel ejemplo, lo que no consiguió apaciguar en absoluto a Kevin.
– A ver si lo adivino -dijo Kevin con un suspiro de agotamiento-. Esto es uno de esos casos en los que las mujeres pensáis que si un hombre no sabe porqué estáis enfadadas vosotras no se lo vais a decir, ¿me equivoco?
