– ¿Sabes una cosa? Te aseguro que no estaba buscando lógica alguna en esta conversación. Sólo quería disfrutar poniéndolo verde y desahogándome.

– Ah. En ese caso, desahógate. Te escucho.

– Claro, pero no vas a estar de acuerdo -dijo ella sonriendo.

– No, claro que no. Siento mucho que lo odies, pero a mí me parece un tipo bastante decente.

– Eso es porque te ha comprado un collar de oro y esmeraldas -le dijo Bella. La tienda de Kevin vendía los trabajos de artistas y diseñadores de joyas locales. Siempre se ponía muy contento cuando hacía una venta importante.

Kevin sonrió.

– Sí, tengo que admitir que un hombre que se gasta unos cuantos miles de dólares en un collar sin pestañear es la clase de cliente que más me gusta.

– De acuerdo, eres feliz. La ciudad es feliz -comentó ella sin dejar de remover la comida en el plato-. He escrito una carta al periódico local.

– Oh, oh. ¿Qué clase de carta?

Bella bajó los ojos. Se arrepentía de lo que había hecho, pero ya era demasiado tarde.

– Habla sobre las grandes empresas que arruinan la vida de las pequeñas ciudades.

Kevin soltó una carcajada.

– Bella…

– Seguramente, ni la publicarán.

– Claro que la publicarán. Y supongo que Jesse King te hará otra visita… ¿o de eso se trata todo esto? Quieres que vaya a verte, ¿verdad?

– No, claro que no.

Deseó que Kevin fuera menos observador. La verdad era que, cada vez que Jesse King entraba por su puerta, sentía algo sorprendente. No era culpa suya que sus hormonas reaccionaran así cuando él estaba en la misma habitación.

Estaba decidida a hacerle la vida imposible precisamente por el hecho de que la afectara de esa manera. Seguramente debería dejar de enfrentarse a él, pero le resultaba imposible hacerlo.

Se había opuesto con todas sus fuerzas a que Jesse se convirtiera en el dueño y señor de Morgan Beach. Había perdido. Él se había instalado allí, había empezado a comprar locales y, en poco tiempo, había estropeado el único lugar al que ella había considerado su hogar.



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