Bella era hija única. Perdió a sus padres cuando tenía siete años y comenzó un largo peregrinar por hogares de acogida agradables pero impersonales. Cuando cumplió los dieciocho años, empezó una vida en solitario. No le importó, aunque siempre deseó formar parte de una familia.

Consiguió estudiar en la universidad haciendo ropa a las chicas que no tenían que preocuparse por ahorrar cada centavo. Cuando se tomó las primeras vacaciones de su vida, se encontró con Morgan Beach y ya nunca se marchó de allí.

Llevaba cinco años en aquel lugar y le encantaba. La pequeña ciudad costera era todo lo que siempre había deseado. Pequeña, agradable y lo bastante cercana de poblaciones más grandes a las que podía acudir cuando lo necesitara. Además, allí el sentimiento de comunidad era tan fuerte que encontró la familia que siempre había buscado. Allí, la gente se preocupaba por el prójimo.

En aquellos momentos, con Jesse King allí, su adorada ciudad le resultaba claustrofóbica.

– Eso intenta vendérselo a otro, Bella -dijo Kevin riéndose a carcajadas-. Cada vez que pronuncias su nombre, los ojos se le iluminan.

– Eso no es cierto -replicó ella. ¿Y si Kevin tenía razón? Qué vergüenza.

– Claro que lo es y te lo demostraré. Mira por la ventana.

Bella giró la cabeza y miró a través de la ventana del restaurante. Justo en aquel momento, Jesse King pasaba por allí. Los vaqueros, demasiado usados, se le ceñían a las largas piernas. La camisa blanca que llevaba le acentuaba aún más su bronceado.

Bella suspiró.

– Te he pillado -dijo Kevin.

– Eres malvado -replicó ella. Sin embargo, no pudo apartar la mirada del hombre que seguía ocupando demasiado tiempo sus pensamientos.

Capítulo Tres



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