A la mañana siguiente, Bella se había convencido de que Kevin tenía razón. Tendría que tragarse el orgullo y hablar con Jesse y decirle lo que pensaba de un hombre que le hacía el amor a una mujer y olvidaba su existencia a la mañana siguiente. Así se olvidaría de él.

Se detuvo un instante delante de su tienda y sonrió. Ni siquiera Jesse King podía aplastar la emoción que experimentaba todos los días cuando entraba en el mundo que había construido con su propio talento. Sin embargo, aunque disfrutaba de su tienda, cuando Jesse hubiera terminado la reforma, el local perdería todo su carácter. Arreglarían el chirrido que hacía la puerta al abrirse. Alisarían las paredes, pondrían moqueta y cubrirían la brillante madera. Bella's Beachwear sobreviviría, pero no sería lo mismo. En lo que se refería a los negocios, Jesse King tenía la misma intuición como con las mujeres. Para él, todo se reducía a los beneficios.

Notó que en la playa había comenzado a reunirse una pequeña multitud de gente. Se volvió para fijarse mejor y vio que había un montón de cámaras, enormes focos y ventiladores eléctricos sobre la arena. En medio de aquel revuelo estaba Jesse King.

Muy a su pesar, sintió curiosidad. Cruzó la calle y se subió a la acera. Unos guapísimos modelos, ataviados con las prendas de King Beach, estaban colocados alrededor de unas tablas de surf, tumbados boca abajo sobre la arena. A pesar de todo, lo que más le llamó la atención fueron las modelos que formaban parte de la escena en un segundo plano.

– Sinceramente, cualquiera diría que se podría interesar un poco más por lo que se ponen las mujeres.

– ¿Por qué no me sorprende que tengas algo que decir?

Bella giró la cabeza y se encontró con los ojos de Jesse, que reflejaban una expresión divertida y socarrona.

– Tú dirás -dijo él, con una sonrisa en los labios y los brazos cruzados sobre el pecho. Entontes, miró la escena que el fotógrafo estaba inmortalizando-. ¿Qué es lo que no te gusta sobre todo esto?



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