
– Mire -dijo, apartando de sí aquellos pensamientos-, no tenemos por qué ser enemigos.
– Oh, sí, claro que sí.
Maldita fuera. Era muy testaruda. Durante diez años, había formado parte de la élite de su deporte. Había ganado cientos de competiciones. Había salido en anuncios de revistas y había celebrado fiestas con los famosos más glamurosos. El año anterior había sido nombrado el soltero más sexy de toda California. Tenía dinero, encanto y todas las mujeres que pudiera desear. Entonces, ¿por qué le torturaba el desprecio de Bella Cruz?
Porque ella lo intrigaba… y lo atraía. Algo que, en cierto modo, le resultaba familiar.
Contuvo el aliento. Entonces, apoyó las dos manos sobre el mostrador y la miró a los ojos.
– Se trata tan sólo de paredes y ventanas, señorita Cruz… ¿o puedo llamarla Bella?
– No, no puede. Y le aseguro que no se trata tan sólo de paredes y ventanas -dijo extendiendo los brazos como si estuviera físicamente tratando de abrazar el edificio entero-. Este lugar tiene historia. Toda la ciudad la tenía. Hasta que se presentó usted, claro está.
Bella le dedicó al mismo tiempo una mirada de hielo y fuego. Impresionante. Llevaba meses intentando ganarse a Bella Cruz. Todo habría sido mucho más fácil si ella hubiera accedido a una agradable relación laboral. Ella tenía amigos en Morgan Beach y era una empresaria de éxito. Además, maldita fuera, a las mujeres siempre les gustaba él.
– La historia de la ciudad sigue presente -afirmó Jesse-, junto con los edificios que no se vayan a desmoronar con la más mínima brisa.
– Sí, claro. Usted es un verdadero filántropo.
