
La gente estaba fuera, disfrutando del día, mientras él estaba en una tienda de ropa femenina, hablando con una mujer que bufaba cuando lo veía. Ahogó un suspiro de impaciencia.
Examinó la tienda. De las paredes de color crema colgaban trajes de baño y pósteres enmarcados de algunas de las mejores playas del mundo. El había cabalgado las olas en la mayoría de ellas. Durante diez años no había salido del agua. Se había dedicado a recoger trofeos, cheques y la atención que le dedicaban las bellas señoritas que seguían el circuito.
Un ocasiones, lo echaba de menos. Como en aquel instante.
– Bueno, dado que soy su casero, ¿por qué no tratamos de llevarnos bien?
– Usted sólo es mi casero porque los hijos de Roben Towner le vendieron este edificio cuando él murió. El me había prometido que no lo harían, ya ve -dijo, con la voz teñida de tristeza-. Me prometió que podría quedarme aquí otros cinco años.
– Eso no constaba en su testamento -le recordó Jesse mientras se volvía para mirarla-. Sus hijos decidieron vender. Eso no es culpa mía.
– Por supuesto que lo es. ¡Les ofreció una pequeña fortuna por este edificio!
– Sí. Fue un buen negocio -replicó él con una sonrisa.
Bella ahogó un suspiro. Jesse King era el dueño del edificio, a pesar de las promesas de Robert.
Robert Towner fue un encantador anciano que había sido como su padre. Tomaban café todas las mañanas y cenaban al menos una vez por semana. Bella lo había visto con más frecuencia que sus hijos y había esperado comprarle el edificio algún día. Desgraciadamente, Robert murió en un accidente de coche hacía ya casi un año y no había hecho disposición alguna para ella en su testamento.
