Aproximadamente un mes después de la muerte de Robert, sus hijos le vendieron el edificio a Jesse King. A Bella le preocupaba su futuro desde entonces. Robert le había mantenido el alquiler bajo para que ella pudiera mantener su tienda en un lugar tan privilegiado. Sin embargo, estaba convencida de que Jesse King no iba a hacer lo mismo.

El estaba realizando «mejoras» por todas partes y no tardaría en subir los alquileres para sufragarlas. Eso significaba que ella tendría que dejar la calle principal de Morgan Beach y perdería al menos un cuarto de su volumen de negocios, dado que muchos de sus clientes eran personas que iban o venían de La playa.

Jesse King lo iba a estropear todo, como había hecho tres años atrás. Él no recordaba nada. Canalla.

Bella necesitaba desesperadamente darle una patada a algo, preferentemente a su nuevo casero. Jesse King esperaba que el mundo girara o se detuviera cuando él lo deseara. El problema era que, la mayoría de las veces, conseguía plenamente sus propósitos.

El la miró por encima del hombro y sonrió.

– Le resulto muy irritante a nivel personal, ¿verdad? Es decir, hay algo más que el hecho de que yo me haya hecho con todos los locales de la calle principal de esta ciudad, ¿no es así?

Así era. El hecho de que Jesse ni siquiera supiera la razón por la que lo odiaba tanto le resultaba aún más irritante. No podía ser ella quien le recordara lo que, evidentemente, había olvidado.

– ¿Que es lo que quiere, señor King?

El frunció ligeramente el ceño.

– Bella, nos conocemos desde hace demasiado tiempo como para andarnos con tanta ceremonia.

– No nos conocemos en absoluto -lo corrigió ella.

– Y sé que adoras tu tienda -dijo él, y regresó al mostrador. Y a ella.

¿Por qué tenía que oler tan bien? ¿Por qué tenían que ser sus ojos tan azules como el profundo océano? ¿Y acaso era necesario que se le formaran hoyuelos en las mejillas cuando sonreía?, se preguntó Bella.



8 из 112