
Tal vez otra mujer se hubiese permitido llorar, después de un momento tan duro como el que ese hombre la había hecho pasar, pero Agatha no. Agatha se limitó a exhalar con comprensible cólera y reconoció un gran anhelo de hacerlo morder el polvo. Cuando se volvía hacia la puerta, sonrió al pensar que al fin le habían llegado refuerzos.
Le llevó cierto tiempo quitarse el vestido. Tenía veintiocho botones en el frente, ocho lazos de cinta atados por dentro para formar el polisón de atrás, y la mitad que sujetaban la falda en forma de delantal alrededor de las piernas. A medida que soltaba cada cinta, el vestido perdía forma. Cuando quedó desatado el último lazo, el polisón perdió todos sus bultos y quedó tan plano como la pradera de Kansas. Con él en la mano, el corazón le dio un vuelco.
¡Ese hombre! ¡Ese sujeto maldito, enervante! No tenía idea de lo que le costaría a Agatha en cuestión de tiempo, dinero e inconvenientes. Todos esos miles de puntadas a mano, cubiertas de barro. Y sin un lugar donde lavarlo. Miró el fregadero seco y el cubo de agua que estaba junto a él. La carreta de agua fue esa mañana temprano a llenar el barril, pero éste estaba sobre un soporte de madera bajo esas larguísimas escaleras. Además, el fregadero no tenía el tamaño suficiente para lavar una prenda así. Tendría que llevarla enseguida al lavadero de Finn, pero considerando quién la esperaba abajo, eso quedaba descartado.
La ira de Agatha aumentó cuando se quitó el polisón de algodón y las enaguas. El vestido, por lo menos, era gris, pero estas prendas eran blancas… o lo habían sido. Temía que ni siquiera el jabón de lejía casero de Finn pudiese quitar manchas de lodo tan espesas.
Después. Después te preocuparás por eso. ¡La propia Drusilla Wilson está esperándote!
Abajo, la visitante veía a la señorita Downing cojear desde la parte de atrás de la tienda, y comprendió que la caída de ese día no era la causa. Al parecer, Agatha N. Downing tenía un problema de cadera desde hacía mucho tiempo.
