Cuando Agatha desapareció tras la cortina, Drusilla Wilson miró alrededor. La tienda era larga y angosta. Cerca del escaparate cubierto con una cortina de encaje había un par de sillas de estilo Victoriano de respaldo ovalado, tapizadas de color orquídea pálido que hacía juego con las cortinas. Entre las sillas había una mesa de tres patas, tallada, y encima, las últimas ediciones de las revistas Graham, Godey y Peterson. Wilson descartó leerlas, y prefirió recorrer el establecimiento.

Sobre formas de papier maché, se exhibía una variedad de sombreros tanto de fieltro como de paja toscana. Algunos eran calados, otros lisos. En las paredes había filas de pulcros compartimientos en los que se veían cintas, botones, encaje y adornos. Sobre una mesa de caoba, un surtido de gasas y algodones plegados mostraban un prisma completo de colores. En una canasta de mimbre, una selección de frutas de pasta de aspecto tan real que daban ganas de comerlas. Margaritas y rosas artificiales hechas con mucho arte se veían en un cesto chato. Sobre otro mostrador había otra variedad de esclavinas de piel, y abanicos de plumas de faisán. De la pared del fondo colgaban de un cordel plumas de avestruz. En un gabinete de cristal había todo un aviario de pájaros, nidos y huevos. Mariposas, libélulas y hasta abejorros se sumaban a la colección. Adornada con un par de cabezas de zorro embalsamadas, semejaba más la vitrina de un científico que el exhibidor de una sombrerera.

A Drusilla Wilson no le llevó más de dos minutos confirmar que la señorita Downing tenía en sus manos un buen negocio… y dedujo que, también, comunicación fluida con las mujeres de Proffitt, Kansas.

Oyó que volvían los pasos irregulares de la dueña del negocio y giró en el mismo momento en que Agatha apartaba las cortinas de terciopelo color lavanda.

– Ah, es una tienda maravillosa, maravillosa.



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