
Dentro, Agatha olvidó que estaba toda sucia y dijo, emocionada:
– Señorita Wilson, me siento tan honrada de conocerla… Yo… yo… pues… no… no puedo creer que sea usted, realmente, la que está en mi humilde tienda.
– ¿Eso significa que sabe quién soy?
– Desde luego. ¿Acaso no la conocen todos?
La señorita Wilson se permitió una risita seca.
– Bueno, en el estado de Kansas, sí, y me atrevería a decir en todos los Estados Unidos y, por cierto, me conoce todo aquel que haya oído la palabra templanza.
El corazón de Agatha latió, excitado.
– Me gustaría conversar un rato con usted. ¿Puedo esperarla mientras se cambia de ropa?
– ¡Oh, sin duda! -Agatha indicó un par de sillas en la parte del frente del negocio-. Por favor, póngase cómoda mientras me ausento. Yo vivo arriba, de modo que no tardaré más que un minuto. Si me disculpa…
Agatha cruzó el taller y salió por una puerta trasera. En la pared del fondo del edificio había una escalera de madera que llevaba a los apartamentos de arriba. Subió como lo hacía siempre: los dos pies en cada escalón, aferrándose con tanta fuerza al pasamanos que los nudillos se le ponían blancos. Las escaleras eran lo peor. Estar de pie o caminar sobre una superficie plana era tolerable, pero alzar la pierna izquierda era difícil y doloroso. La falda sujeta atrás le hacía la marcha aún más difícil, trabándole los movimientos. A mitad de camino, se inclinó y, metiendo la mano bajo el ruedo, desató el último par de lazos. Cuando llegó al rellano superior, estaba un poco agitada. Se detuvo, sin soltar la baranda. El rellano era compartido por los habitantes de ambos apartamentos. Echó un vistazo a la puerta que llevaba a la vivienda de Gandy.
