«No hay luz suficiente -pensó-. Los fluorescentes siempre se funden en las últimas filas, y nadie los cambia. Debería estar iluminado hasta el último rincón. Muy bien iluminado.» Escudriñó las sombras próximas a la salida, preguntándose si alguien se ocultaba en ellas. Recorrió con la mirada las hileras de asientos ahora vacíos, buscando a alguien agazapado, listo para atacar.

La luz roja de la alarma silenciosa seguía parpadeando. Clayton se preguntó dónde estaría la unidad de Operaciones Especiales y luego llegó a la conclusión de que no acudiría.

«Estoy solo», repitió para sí.

Y de inmediato cayó en la cuenta de que no era así.

La figura estaba encogida en un asiento situado muy al fondo, al borde de la oscuridad, esperando. Clayton no podía ver los ojos del hombre, pero, incluso agachado, se notaba que era muy corpulento.

Clayton alzó la pistola y apuntó con ella a la figura.

– Te mataré -dijo en un tono categórico y duro.

Como respuesta, oyó una risa procedente de las sombras.

– Te mataré sin dudarlo.

Las carcajadas se apagaron y cedieron el paso a una voz.

– Profesor Clayton, me sorprende. ¿Recibe a todos sus alumnos con un arma en la mano?

– Cuando es necesario -contestó Clayton.

La figura se levantó de su asiento, y el profesor comprobó que la voz pertenecía a un hombre maduro, alto y robusto con un terno que le venía pequeño. Llevaba un maletín pequeño en una mano, y Clayton reparó en él cuando el hombre abrió los brazos de par en par en un gesto amistoso.

– No soy un alumno…

– Ya se ve.

– … pero me ha gustado eso de que el asesino se transforma en su víctima. ¿Es cierta esa afirmación, profesor? ¿Puede documentarla? Me gustaría ver los estudios que respaldan esa teoría. ¿O sólo se lo dice la intuición?

– La intuición -respondió- y la experiencia. No hay estudios clínicos satisfactorios. Nunca los ha habido, y dudo que los haya en un futuro.



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