Iban a los clubes donde hacían pruebas los nuevos talentos, donde improvisaban las troupes de cómicos. Los fines de semana de primavera salían a comprar plantas en los invernaderos de los suburbios e iban a los embarcaderos de City Island o de North Shore, a ayudar a que sus amigos vieran en sus yates adquisiciones dignas de nota. Poco a poco disminuyó su radio de acción. Las propias películas, los programas dobles en los urinarios con lámparas de cristal de la parte alta de Broadway, dejaron de tentarles. Lo que parecía faltar era el propio deseo de compilar lugares, vivencias.

Cenaban unos bocadillos, sopa de sobre, o bien iban al café de la esquina, donde comían deprisa cualquier cosa mientras alguien fregaba el suelo debajo de su mesa, resoplando como un bajista de jazz. Había un chino a menos de tres manzanas. Ése era el máximo de sus desplazamientos las más de las noches y los fines de semana, cuando se trataba de hacer algo sin finalidad utilitaria precisa. A Pammy se le daba de maravilla distinguir a los camareros. Para ella era una fuente de callado orgullo.

Lyle pasaba el tiempo viendo la televisión. Sentado en la penumbra a poco más de medio metro de la pantalla, cambiaba de canal cada medio minuto poco más o menos, a veces con frecuencia mucho más alta. No buscaba algo que pudiera suscitar y mantener su interés. No se trataba de eso. Simplemente disfrutaba con el destello de cada nueva imagen. Exploraba el contenido sólo hasta cierto punto. El deleite entre táctil y visual que le procuraba cambiar de canales era aún mayor, y transformaba incluso los momentáneos contenidos aparecidos al azar en plácidas abstracciones territoriales. Ver televisión era para Lyle una disciplina como las matemáticas o el zen. Los anuncios, los cortes de emisión, los programas en español daban de sí mucho más, por norma, que la programación al uso. La naturaleza reiterativa de los anuncios le interesaba. Ver muchas veces idénticas secuencias era una prueba de fuego para sus recursos oculares, para su capacidad de seleccionar, de fraccionar el tiempo y subdividir cada instante. Rara vez ponía el sonido. El sonido era mucho mejor en las emisoras de UHF que empleaban un equipo de emisión defectuoso o lenguas que no fueran el inglés.



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