
De vez en cuando miraba un rato alguno de los canales en abierto. Todas las semanas había una hora más o menos reservada para la pornografía de fabricación casera, trabajo de artesanos nativos. Encontraba en la pantalla una verdad más descarnada, más tosca desde luego que en toda la carne lustrosa de las revistas de papel satinado. Se sentaba en su cuenco de espacio curvo, en su luz polvorienta. En toda esa cantidad de agresividad genital había una falta de modestia llamativamente pueril. Gente de la calle en busca de alguna cosa que succionar. Cámaras sostenidas a pulso en busca de una entrepierna pescada al azar. Lyle permanecía impávido mientras duraba esta secuencia de cuerpos pequeños y grises. Lo que acertó a ver retuvo su atención por completo, a pesar de que no estimulaba sus sentidos. La hora que transcurrió así le parecieron cuatro. Fatigado como estaba, vaciado, aburrido de ver a aquellos desesperados hacer posturitas, con facilidad podría haberse pasado la noche entera viéndolos, atrapado por el efecto red de la televisión, por el resplandor electrostático que semejaba un estado de privilegio, a caballo entre la onda y la imagen visual, un secreto de energía celestial. Se preguntó si no se habría vuelto un individuo demasiado complejo para contemplar cuerpos desnudos y excitarse.
– Eh, mira. Aquí estamos, tú. El futuro se nos ha caído encima hecho pedazos. ¿Y qué pinta tiene lo que se ve?
– Caramba, vaya susto que me has dado.
– Ésta es la pinta que tiene. Olas y olas de electricidad estática. Como si algún haz de luz te propulsara por delante de toda previsión, lo cual explica el efecto zumbido que desprende. Parecen gente de lo más soez que haya en toda Mercer Street.
