– ¿Y aparece en esta grabación?

Congelé la imagen en la pantalla. Un profesional tal vez pudiera identificar el sexo o la raza en aquellas instantáneas llenas de grano, pero yo, no. Me encogí de hombros en señal de impotencia.

Llamé al móvil de Petra y me salió el buzón de voz. Llamé a las oficinas de la campaña de Krumas, pero ya estaban cerradas.

Los polis se pusieron en acción, transmitiendo los códigos: 44, 273, 60. Posible secuestro, posible asalto, posible robo con allanamiento de morada. Las posibilidades eran innumerables y espantosas. Empezaron a llegar coches patrulla mientras yo hacía la llamada telefónica más difícil: a mí tío Peter y a su esposa, Rachel, para decirles que su hija mayor había desaparecido.

2 Un padre enfurecido

– ¿Qué le has hecho? -Peter me agarró por los hombros y me sacudió.

– ¡Suelta! -exclamé-. No son maneras…

– ¡Responde, maldita sea! -gritó con brusquedad y la cara hinchada de furia.

Intenté soltarme, pues no quería enfrentarme a él, pero hundió las manos con más fuerza en mis hombros. Le propiné una patada en la espinilla, fuerte, y lanzó un grito, más de sorpresa que de dolor. Aflojó la presión de las manos, me desasí y retrocedí un paso. Volvió a abalanzarse sobre mí, pero lo esquivé y di otro paso atrás al tiempo que me frotaba los hombros. Mi tío rondaba los setenta, pero conservaba en los dedos la fuerza que había adquirido trabajando de adolescente en el matadero.

Los dos perros emitían sonidos amenazadores y guturales. Todavía jadeante, les acaricié el lomo. «Tranquilo, Mitch. Tranquila, Peppy. Sentaos.» Habían notado mi nerviosismo y ladraban y gimoteaban, preocupados.

– No hay ninguna necesidad de que se ponga así… -El señor Contreras se había puesto en pie al ver que Peter me atacaba. Era un anciano de casi noventa años, pero se había mostrado dispuesto a defenderme-. Vic no pondría nunca en peligro la vida de su hija. Lo digo en serio.



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