Los dos polis me ayudaron a levantarme, regresamos al interior y me preguntaron qué había descubierto.

– Mi prima -dije con la boca seca. Mi voz fue como un chirrido-. Mi prima Petra. Esto es cosa de ella.

Joven, confiada y hermosa, Petra había llegado a Chicago recién terminada la universidad para trabajar como becaria en la campaña de Brian Krumas para el Senado. Mi cerebro volvió a quedarse paralizado. Entonces me acordé de la cámara de vigilancia. Tengo una porque la puerta delantera queda lejos de mi despacho y no se ve desde el pasillo. Con dedos temblorosos, me dispuse a encender el ordenador. Habían arrancado el módem del aparato. El poli de mediana edad no se apartó de mi lado mientras buscaba los cables y volvía a conectarlos. Puse en marcha el ordenador y, cuando el Apple emitió sus acordes musicales de apertura, recé a un Dios en el que no creo. San Miguel, patrón de los policías y de los investigadores privados, por favor, haz que recupere mis archivos de vídeo.

Pasé las imágenes y los polis las observaron. Mi compañera de local había llegado alas 11.13 y se había marchado a las 16.07.

A las cuatro y diecisiete, mientras yo me despedía de Johnny Merton, se habían presentado tres personas con los sombreros calados hasta los ojos y los cuellos del abrigo bien subidos. Imposible reconocer sus caras o saber si eran hombres o mujeres. Todos tenían la misma estatura aproximada y, con aquellos abrigos tan grandes, era difícil adivinar su constitución. Me pareció que el de la izquierda era el más fornido y el del medio, el más delgado, pero no podía asegurarlo. Llamaron a la puerta delantera, oímos el timbre en la grabación y vimos que uno de ellos tecleaba el código del portero automático.

– ¿Quién más sabe el código? -preguntó el poli-. Aparte de las personas que ha mencionado…

– Mi prima… mi prima lo sabía. -Apenas podía articular palabra-. Una noche le dejé utilizar mi ordenador porque se había quedado sin acceso a internet.



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